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EL LEÓN ALADO

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EL LEÓN ALADO

Mensaje por Alejandra Correas Vázquez el Sáb Oct 03, 2009 1:42 am

EL LEÓN ALADO
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Cuando en 1581 las cortes portuguesas reunidas en el convento de Thomar reconocieron como rey de Portugal a Don Felipe II, de la Casa de Austria (quien heredaba este trono de la dinastía Avís o Borgoña a la que pertenecía su madre) muchos lusitanos vieron expandirse el escenario de sus posibilidades en el Nuevo Mundo.



Fue así como don Felipe de Habsburgo y Avís, (o Felipe de Austria y Borgoña) gobernó “un reino adonde no se ponía el sol”. Pero el trono lusitano llegó a sus manos por la desaparición imprevista, dentro de África, de su díscolo sobrino Don Sebastián de Portugal. Un joven imberbe y talentoso, pero muy rebelde, que no obedeció a su tío y tutor, a quien Felipe amaba como hijo propio y deseaba declararlo su heredero.



Sebastián de Portugal con su rubia y bella estampa, amado por todo el pueblo lusitano, desapareció en tierra africana. Nunca fue hallado su cuerpo, por ello dudóse de su muerte. Siendo las dos teoría existentes (aún hoy) sobre su desaparición : la primera que murió en guerra, y la segunda (más apropiada para él) que se internó en un monasterio sufí. Era lo bastante soñador y místico como para ello. El pueblo portugués constantemente creyó que seguía vivo y aguardaba su retorno.



De una manera u otra, su tío muy a pesar suyo y con gran disgusto de su parte, debió hacerse cargo de conducir a este difícil reino de navegantes que nunca estaba en el mismo lugar (para él practicante del quietismo, a quien gustaba la soledad del Escorial en medio de montañas)…



Marinos de alta mar, los lusitanos hallábanse radicados desde el tiempo del príncipe Enrique el Navegante –anterior a Colón– en naciones de la costa africana y arábiga. Y llegarían poco después al extremo oriente, China, India e Indonesia, donde estos buenos marinos mercantiles colocaron colonias portuarias de gran éxito y prosperidad. Iban a sobrevivir hasta el siglo XX Timor, Macao y Goa,. amén de numerosas islas marítimas dentro del mar Índico y el océano Pacífico.



Desde estas colonias ultramarinas portuguesas, sus navegantes ávidos de empresas comerciales, pudieron establecer una escala naviera importante con las colonias españolas de América del Sur. Y muy especialmente su avance empresarial se produjo con el aislado Virreinato del Perú… El cual había fundado en aquel tiempo (1573) entre otras ciudades a Córdoba. De la Nueva Andalucía (hoy ciudad argentina) en el interior del continente sudamericano, como sitio de frontera, del mentado virreinato. Su ciudad más austral.

Unidos los dos reinos en una sola corona, los habitantes de las Indias Orientales y Occidentales se beneficiaron ampliamente. Unos por derechos navegables y comercio libre. Otros por su posibilidad de apertura hacia el mundo exterior, para salir del aislamiento continental al cual este virreinato sudamericano estaba sometido desde su creación. La ciudad de Córdoba hasta entonces sola, y aislada, mediterránea, por supuesto, dijo que sí.
Los lusitanos llevaban dos generaciones asentados en tierras de Extremo Oriente (y algunos de ellos hasta tres) con todas sus increíbles vicisitudes. Su dificultad de adaptación a los códigos hindúes —sus castas— o la dureza de la política china. Pero más que nada, para empeorar su situación allí, viéronse desbordados por una gran invasión mongólica (que China recibía a diario como quien recibe un maná). Unido a ello hallábase la xenofobia mongol contra el hombre blanco, lo que los convertía siempre en víctimas propiciatorias. Aventureros a ultranza como eran los portugueses de esos siglos, ningún camino los amilanaba. Remontaban de continuo los inmensos ríos de la China. comisionados por los propios Mandarines …Pero... ¡Guay!... los mongoles odiaban desde los confines de Rusia hasta la China a cuanto hombre de piel clara, ojos celestes y cabellos de oro, se atravesase por su camino.

Resultaba para mal de ellos que los marinos portugueses seleccionados por el príncipe Enrique el Navegante para constituir su flota, eran precisamente del norte portugués o sea la zona celta (la Galicia Portuguesa) y no habíale faltado tampoco por el año mil, una invasión vikinga. Eran rubios, muchas veces pelirrojos, pecosos y siempre ojos celestes que heredarían sus descendientes. Todo permite creer que avance mongol sobre China en siglo XVI coincidió con la presencia de Felipe II como rey de Portugal. Fue así que numerosos miembros de esta colectividad lusitana con sus familias europeas, asolados por aquel hostigamiento xenofóbico de los mongoles y cansados ya de sufrir con ellos, anhelaron abrirse un nuevo camino en las Indias Occidentales españolas. Y decidieron dejar atrás suyo a las difíciles Indias Orientales adonde habían nacido (y habíanse enriquecido)... ¿Pero cómo hacerlo?
………………………………….



Lo primero era reconocer al monarca recién coronado de la Casa de Austria, como su legítimo rey ...¡Y que les creyeran!... Pues era sabido que los “bandeirantes” portugueses de Brasil habían comenzado una guerra durísima contra el rey Felipe. La tarea diplomática más dura que ellos tenían por delante, debido a los acontecimientos del momento, era convencer a los españoles de su adhesión. Pero la diplomacia fue el arte sumo de los lusitanos, talento que permitióles acceder a la confianza de chinos e hindúes sin disparar una sola bala. Simplemente navegando y traficando. Sin aprestos bélicos. Comerciando. Si embargo los sucesos internacionales eran malos para ellos. Veámoslos.

El duque de Alba posesionado de Portugal como gobernador, había creado dentro de este país casi una guerra civil (hecho que repitió en Flandes). En Brasil los “bandeirantes” disconformes con el nuevo rey, avanzaban sobre la selva amazónica con sus famosos pendones multicolores al grito de : “¡Aquí reinarás Portugal!” ...Y clavaban en tierra española su bandera ante el asombro de los indios guaraníes, quemando por cierto cuanto pueblo jesuítico encontraban a su paso. Cientos de Misiones quedaron arrasadas. Y ése fue el momento crucial que tocóles a estos portugueses ultramarinos de Oriente, para llegar a la Sudamérica española, por la costa del Pacífico... El instante elegido no podía ser peor.

Llevaban un largo periplo de navegación con casi siglos a cuestas, desde que partieran del castillo de Guimaraes (al que muchos de ellos ni siquiera conocían pues eran indianos orientales) cuando los despidiera al comienzo del siglo XV el príncipe Enrique el Navegante. Aún no se había descubierto América y el Reino de Granada era todavía poderoso Nunca desde entonces habían retrocedido, ni vuelto por sus pasos. Tampoco lo harían ahora. Estaban en alta mar y la costa española de Filipinas parecióles, desde lejos muy poco hospitalaria. O nada en absoluto. Con sus cañones vueltos hacia los barcos, como esperando rechazar su llegada.

Sonó desde la costa un cañonazo de alerta. Dos. Pero el almirante portugués era un hombre avezado que sabía controlar la conducta humana. Había decidido dar una nueva morada a sus hombres, quienes viajaban junto con él llevando a todas sus familias. Aquel era en un éxodo voluntario de Oriente a Occidente y él estaba dispuesto a lograrlo. Llevaba muchos barcos en su flota cargados de esperanzas, y ningún cañonazo iba a amilanarlo...




Y encontró la solución.

Venían desde la China con su carga de sedas y biombos, nácares y muebles decorados orientales, que ellos esperaban trocar por otros productos. Habían comerciado largamente para los Mandarines. Constituían una nación navegante en marcha hacia otro destino… El cual por cierto, parecíales ahora muy incierto debido a los cañonazos españoles. ¡Fue entonces cuando el Almirante lusitano tuvo una idea genial!: Dio orden de buscar a uno de esos biombos chinos que llevaba en la carga de su bodega, forrado de seda y adornado con un dragón que echaba chispas. ¡Un diseño de felino alado y feroz! ...pero muy parecido a un león... al menos desde lejos. Y dio entonces la orden de izarlo al mástil de la nave.

Desde la costa española filipina, los vigías estaban realmente alarmados al ver aquella flota numerosa de barcos portugueses y llamaron a sus jefes. El encargado del puerto ordenó dar los dos cañonazos. ¡El tercero sería la guerra! La que ya había en Portugal y en Brasil… Pero de improviso ante sus ojos incrédulos, la enseña izada lo impactó con fuerza... Y la miró detenidamente con sus anteojos largavistas. Todos ellos fueron pasándoselos unos a otros. Dudando. Sorprendidos.

——¡Sí! ... es un león.
——Un león algo extraño... pero es un león al fin de cuentas.
——Un León... El león de Castilla y León.
——Entonces son amigos… Sí, son amigos
——¡A dar vuelta los cañones!— orden que rápidamente se cumplió

El león del Reino de León, el león hispánico por excelencia, el de Castilla la Vieja, estaba allí frente a ellos. Algo cambiado. Con luces, alas y fuegos, pero poco importaba ya. El mensaje había llegado. Los portugueses estaban al fin en Filipinas, frente a China conferenciando con el gobernador español. Y nadie ya los reembarcaría de retorno. Con sus ornatos y su mobiliario. Sus familias y su ostentosidad lusitana, dispuestos a continuar exploraciones insólitas... Pero ahora con un devenir muy diferente.

El gobernador de Filipinas los envió hacia el Virrey del Perú con una carta de presentación sellada y firmada por él. La flota lusitana escoltada por una nave insignia hispánica arribaba poco después al puerto del Callao. Los navegantes portugueses continuaron su periplo por el océano Pacífico (luego de acomodar en tierra firme a sus familias) y ampliaron su derrotero desde la costa peruana hasta la chilena, beneficiando con el tráfico entre Sudamérica y Oriente, a esta parte aislada del continente austral. Cambiaron su circunstancia de vida haciendo posible la sobrevivencia, en aquellos siglos, de la empresa colonizadora sudamericana, agobiada hasta entonces por su aislamiento.

Aquellos marinos lusitanos que viajaron desde Extremo Oriente hasta el Virreinato del Perú (protegidos por un dragón chino que hizo las veces de león castellano), tuvieron distintas y diversas oportunidades a partir de allí. Se les sucedieron ofertas de arraigo por cuenta del Virrey y de la Audiencia de Charcas. Entre ellas arribar a Córdoba de la Nueva Andalucía en su nuevo destino como encomenderos del Tucumán, y anclaron finalmente en tierra firme. Luego de dos siglos. Recordando con alegría a Enrique el Navegante, su mentor, y con el dolor al joven Sebastián de Portugal siempre bello, soñador e imprudente. Pero que dio sin saberlo un giro completamente distinto a sus lejanos súbditos de ultramar.
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Alejandra Correas Vázquez
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