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EL JUGUETERO

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EL JUGUETERO

Mensaje por Alejandra Correas Vázquez el Jue Oct 08, 2015 3:32 am

EL JUGUETERO
.....................
por Alejandra Correas Vázquez


Durante el atardecer Luz se acercó hacia uno de los retratos de la sala. La imagen de un bebito muy rubio sonreía con ternura, tendido desnudo boca abajo sobre una mesa, a través de una fotografía enmarcada.

—“Soy yo... Aunque en la misma situación hoy día no tendría esa expresión tan dulce. Podrías comprobarlo... depende, no te lo impongo”— díjole una voz masculina a sus espaldas

Ella dióse vuelta. Quien le hablaba era uno de los muchachos estudiantes de la casa, nieto de la propietaria, donde ella vivía recientemente como huésped. El le expresaba aquello con algo de malicia y picardía. Luz se sorprendió en el primer momento, y luego le sonrió, pues recién comenzaba a conocerlo aunque ya principiaba a palpar su ironía. Su nombre era Diego y estudiaba medicina. Ella bajó curiosa su vista observando el envoltorio que el joven traía en su mano.

—“Esta tarde soy juguetero. Una caridad chica. Tal vez no tenga trascendencia, pero a mí me alegra. Traigo aquí unos pedazos viejos de juguetes y voy a armar con ellos un camioncito. Los chicos del Hospital de Niños son muy pobres y juegan con las sábanas. Estoy allí de practicante”

—“Puedo ayudarte, coseré para las niñas una muñequita. La tarde se ha puesto sombría. Esta mañana el sol iluminaba todo, parecía un renacimiento. Ha sido un invierno duro”— comentóle ella

Se sentaron juntos en la mesa de una salita, dispuesta a un costado, donde fueron colocando los implementos de trabajo. Y comenzaron sus tareas mientras caía la tarde. Después de un silencio, él recordó las palabras de Luz.

—“¿Duro?... dijiste... Es raro. Pasa siempre. Hasta la temperatura del día lleva el sentimiento de lo que uno vive”

Diego tenía una pinza en la mano con la cual trataba de dar forma a un engranaje. El camioncito comenzaba a cobrar aspecto de rodado. Luego el muchacho continuó hablando, casi para sí mismo...

—“Hoy miré por mi ventana. Hacía mucho que no la observaba. Vi el fondo de la sierra nevada y me sorprendió ...¡Hay todavía Naturaleza!... pensé en voz alta. Creía que el mundo habíase convertido junto conmigo en una sucesión de ideas. Las calles estaban cubiertas de palabras, y las figuras de los hombres habían sido estampadas por una máquina impresora. Pero no importa, cerré esa portada”

Volvió el silencio entre ellos, trabajando en sus juguetes. Mientras caía la tarde con sus últimas claridades para dar comienzo a la noche, oíase el bullicio de los otros primos que iban entrando por el zaguán, retornando de sus estudios con libros en la mano. En la pequeña sala alfombrada color granate, donde los dos trabajaban, todo era silencio. Tras los visillos de la ventana ubicada frente a ellos, divisábase un patio de baldosas con mosaicos decorados por motivos floreados. En contraste, las macetas con sus plantas chuzas, parecían transmitir toda la rigidez de aquel invierno, pronto a desaparecer.

Luz abrió muy grandes sus ojos, que parecieron más verdes al dilatarlos. Luego bajó los párpados y continuó con su aguja dando forma a la muñequita. También ella comentó:

—“Sí. Este invierno me ha parecido duro. Las calles parecían más obscuras, pero una voz me decía palabras sugestivas”— comentó la niña —“Recién me conoces”, me dijo ella, “¡Soy tu ciudad!”

Aquella frase gustó al juguetero que la miró de frente sonriéndole. Dejó sobre la mesa el camioncito para decirle :

—“Córdoba, es una gran dama... Sí, niña, me sorprendes”

—“En ella he vivido siempre y recién comienzo a conocerla”— confirmóle Luz —“Yo vivía en esta ciudad pero dentro de mi familia, la cual ahora está ausente y debo aprender a orientarme por mí sola, buscando un rincón propio. Mi presencia aquí ha sido una sorpresa para el conjunto de ustedes. Pues son todos nietos varones”

—“Niñita... gracias. Has traído un poco de calor filial a nuestra abuela. Nosotros sus nietos, somos varones y estudiantes, vivimos inmersos en la actividad citadina con sus movimientos y motivaciones ¡Y nos hemos olvidado que habitamos en su propia casa! Además, partiremos como antes lo hicieron sus hijos hacia distintos rincones del país, llevados por sus profesiones. Y ello volverá a repetirse cuando tengamos nuestro título... Gracias por acompañarla. Pero vas a alejarte también, cuando acabes este año el secundario. Ya se ha roto tu primera cuerda ¿Cómo era?”

—“Una casa. Una familia. Prefiero dejarla así... Ahora salgo a la calle y me parece que hubiera descendido a un planeta desconocido”

Sus manos daban forma a un pedazo de lana. La cabeza quedó amarilla. Los brazos tomaron cuerpo con un trozo de alambre forrado en tela roja. La muñequita necesitaba ver. Dos pequeños botones negros le dieron expresión.

—“Córdoba es una gran dama, y ya la irás conociendo mejor. Has vivido dentro de un capullo”— opinó Diego

—“Necesito hacerle cabellos ¿Puedes darme un metro de ese hijo encerado color verde?”— le señaló ella

—“Aquí tienes. Toma lo que necesites. Si no juegan ellas con tu muñequita fantasía, al menos jugarás en tu pensamiento”— el muchacho le extendió la madeja

—“¿No jugarán con mi muñeca? La hago con cariño ¿Se parece a un Cuco acaso mi muñeca?”

—“Está próxima, pero no creo que les asuste. Ellas conocen verdaderos Cucos : nosotros... practicantes... médicos”

—“Entonces ¿No crees en la caridad?”— inquirióle Luz

—“Tendría que llevar un desprendimiento auténtico hacia los otros”— contestó él

—“Lo estamos intentando en este momento. Pero también tenemos que ser generosos con nosotros mismos ¿No lo crees?”— afirmó ella

—“Sí, por cierto, y lo somos siempre. Mira, durante estos meses he salido de mi cuarto para visitar ciertas librerías que conozco, donde me conocen y donde encuentro a los que me son conocidos. Busco los mismos estantes y extraigo libros que se asemejan. De allí me encuentro en el café con jóvenes como yo. He bebido jarras del mismo líquido marrón. Y he estado contento”— comentóle Diego

—“Lo veo positivo. Por ello duermes poco, tu luz de noche está siempre encendida. Y además de día asistes a clases ¿Hay algo más?”

—“Sí. Hoy abrí la ventana y vi el horizonte de la sierra. La última nevada brillaba decorada por sol. Cuando queden fijos los andamios del edificio vecino que están construyendo, y comiencen a elevar sus paredes con muchos pisos... ya no podré verla más. El declive de la ciudad me la ofreció hasta hoy día. El último tal vez”

Luz alzó sus ojos claros impactada por aquella frase, y las pupilas tomaron reflejos de sorpresa, mientras sus lacios mechones castaños parecieron ponerse aún más tiesos. Ya no seguía cosiendo y la aguja pinchó su dedo, al oírlo.

—“¡El último!”— dijo ella quedando sorprendida y deprimida —Ya no la veremos más... ¡Adiós sierra, te irás muy lejos nuestro, detrás de los edificios!”

—“El último... Entonces hago mi caridad conmigo. Estoy dichoso”

—“¿De qué forma?”

—“Convirtiéndome en juguetero... ¡Está listo! ¿Te gusta? Le daré una mano de pintura sintética, secará rápido. Mi caridad es ligera. Actual. Dentro de un siglo habremos demorado mucho. Los productos serán más veloces ¿Te gusta?”

El camioncito tenía gran caparazón y ruedas pequeñas. El cajón de carga dejaba ver un trozo de letrero con la marca de una fábrica de dulces.

Luz sonrió.

—“Me recuerda”— dijo ella —“Una camioneta que uno de mis tíos armó en un galpón. La utilizó dos años. Con ella iba al campo para hacer asados llena de amigos. Cuando juntó dinero compró otra de buen motor y recién rectificado. Decidió entonces hacer un emprendimiento comercial. Salió una mañana de Córdoba y a las dos semanas volvía cargado con vinos desde Mendoza. Pero la nueva camioneta quedó en el camino descompuesta. Los que la arreglaron se cobraron con las damajuanas, pues a él no habíale quedado ni una sola chirola”

Luz sonrió con malicia. Estaba alegre.

—“¡Pues entonces mi obra es espléndida! ...Veo...”— observó Diego —“que la Abuela escucha por radio su último noticioso. Debe ser tardísimo para ella, pues claro, en su juventud cantaría el último gallo”—comentóle el muchacho

—“No te burles”

—“No me burlo, es una realidad. En esta casa que se halla a pleno centro, cuando yo era niño había un gallinero en el último patio, allí donde ahora tenemos esa pileta de lona “Pelopincho”, para refrescarnos los días muy cálidos cerca de los exámenes. El gallo se llamaba “Tissera”, tal como era el apellido del lechero, pues juntos despertaban a toda la familia, al alba”

—“¿Gallo y Gallinero? ¿Aquí? Es extraño imaginarlo”

Luz alzó su vista que fue posándose sobre las paredes del patio, ya casi invisibles por la hora, como buscando aquel personaje de rojo copete de nombre Tissera, que en lejanos días pasados picoteaba los macetones. De pronto creyó adivinarlo con sus movimientos nerviosos, escurriéndose entre las plantas achuchadas debido al invierno. Cuando de improviso fue encendido el farolito del patio, haciéndole posible descubrir al “minino” de la Abuela con su maullido habitual, en reclamo de su leche tibia a esa hora casi nocturna.

Ella miró a la anciana arrinconada en un extremo de la sala contigua, oyendo el noticiero inclinada sobre la radio, con el sonido muy bajo, para no molestar a los jóvenes estudiantes en sus tareas.

—“Amiga mía, quiero a mi Abuela. Por eso no le brindo el primer asiento ni le ofrezco el brazo. Mis primos lo hacen de continuo, haciéndola sentirse endeble y limitada. Yo deseo que ella sea una amiga más... pero fuerte. Puedes ver que aún sigue dinámica, movilizándonos a todos, como quiero verla llegar hasta el final. Deseo que ella se sienta plena de fuerza. Soy directo. Sin protocolo”

—“Ellos parecen muy galantes con ella”

—“No te engañes, es protocolo. Pero si esta abuela les pide un día, una hora de sus vidas, no se la darán. Yo soy con ella buen amigo. No le ofrezco reverencias. Pero muchas veces ríe con mis frases o busca contarme ocurrencias graciosas. Especialmente referidas a los políticos de turno. Tiene esa sagacidad de la larga experiencia vivida”

—“Es cierto, tu abuela me dijo un día ...con Diego puedes alegrarte cuando te oprima la nostalgia, es el más sincero de mis nietos, aunque me haya disgustado muchas veces con él, por ello mismo. Pero yo le tengo algo de lástima, agregó también, pues éste es un mundo muy mentiroso.”

—“¡Lo sabía... Lo sabía!”— gritó Diego

—“Bueno... ¡Aquí está mi muñeca-cuco! Terminada también. Se llamará: Cuca. Tengo una tía a quien llamamos Cuca y es muy bella”— díjole Luz al dar la última puntada a su muñeca de trapo

Ambos jóvenes fueron a envolver sus regalos para los niños del Hospital, los cuales verían esas obras caseras como hermosos juguetes extraídos del mejor bazar. Buscaron en los cajones de la Abuela papeles de seda guardados por ella, de viejos regalos, dando forma definitiva a sus creaciones de aquel atardecer,

Y Diego partió a cumplir su guardia hospitalaria, en aquel día que era el último en el cual desde su ventana, él podía aún ver la sierra nevada, que mañana ocultarían las montañas de cemento y ladrillo.

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Alejandra Correas Vázquez
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